En el nombre del pueblo. La hora del populismo

El populismo es socializante

El gran mérito de Alain de Benoist (aunque precedido por su adelantado discípulo Thibault Isabel) es también, como hemos señalado, recordarnos que el actual populismo se inscribe en la continuidad de una larga tradición de movimientos populares que, si bien con formas e ideologías diferentes, pertenecían todos ellos a la misma idea de revuelta: revuelta contra la industrialización capitalista, el individualismo liberal, la mercantilización de las relaciones humanas, la tecnocracia, la financiarización del mundo, el inmoralismo de las élites, la destrucción de las tradiciones y de los valores populares. Revuelta que encontramos también en los “canuts” franceses y en los “luddits” ingleses; en los movimientos populistas rurales rusos (narodniki, de narod, pueblo) y en los “grangers” norteamericanos de finales del siglo XIX, igual que en el sindicalismo revolucionario italo-francés; en el “llamamiento al pueblo” del bonapartismo, del boulangismo o del gaullismo (del que Marine Le Pen y Jean-Luc Mélenchon no son sino sus continuadores), como en los movimientos populistas hispanoamericanos del siglo XX (cardenismo en México, peronismo en Argentina, chavismo bolivariano en Venezuela, castrismo en Cuba, etc.).
Y tantas otras corrientes que podríamos, con Jean-Claude Michéa, reagrupar bajo la etiqueta de “socialista” –no del socialismo marxista-leninista, ni tampoco de la izquierda actual, sino el de Robert Owen y Pierre Leroux– que fundamenta en oposición al individualismo alienante de la modernidad, ya sea aquel anarquista, de Proudhon a Bakunin, o revolucionario y libertario, de Georges Sorel a Edouard Berth; ese socialismo que Marx calificaba de “utópico” en “La ideología alemana” porque estaba comprometido tanto con la emancipación de los hombres como con la conservación de las condiciones de vida comunitaria tradicionales que constituyen su necesaria base. Un socialismo de los orígenes desde entonces olvidado, pero del que podemos encontrar su espíritu en intelectuales como Péguy, Chesterton, Gramsci, Orwell, Camus, Pasolini, Mauss, Lasch, Clouscard, Baudrillard, Castoriadis y Debord, pero también, más actualmente, en Latouche, Sapir, Michéa y Caillé… Un socialismo fundado sobre la dignidad del pueblo y del “hombre ordinario” que todavía podemos encontrar en la sensibilidad de artistas como Jacques London, Georges Brassens, Léo Mallet o Ken Loach…
Un socialismo que, de alguna manera, encuentre sus profundas raíces en la tradición antigua, particularmente viva en autores como Proudhon, Sorel o el joven Marx. Una tradición que incluso se podría calificar, más generalmente, de “pagana” y que englobaría, no solamente la antigüedad grecolatina, sino también las culturas orientales (hinduistas, budistas, taoistas). Todos aquellos pensamientos que, como ha demostrado en tantas ocasiones Alain de Benoist, comparten un mismo proyecto de dimensión trascendente por oposición a los dualismos platónico y judeocristiano que los suplantaron en Occidente. La ideología liberal moderna, a la cual se opone radicalmente el populismo, se inscribe en la herencia de este pensamiento dualista, del que ella toma, bajo una forma profana, sus grandes principios: la creencia en un “bien” universal y absoluto (los “derechos humanos” juegan hoy el papel de las “tablas de la ley” bíblicas), el elitismo oligárquico y el desprecio del pueblo (sólo una pequeña élite de filósofos, profetas y teólogos tienen acceso a ese conocimiento metafísico), pero también el mito de la “ilimitación” (la “fe” no puede estar limitada por las restricciones de la “materia”, del mismo modo que el “progreso” no puede conocer ningún limite material o ecológico), o incluso la incapacidad para pensar dialécticamente el equilibrio del individuo y la comunidad (el individuo estaría solo frente al Mercado como lo está ante el Dios único).. Es por ello que Benoist denuncia el “esquema maniqueo” de una modernidad modelada por el “dualismo cristiano y cartesiano” (y, por tanto, platónico) que ha perdido de vista el “viejo principio de identidad y complementariedad de los contrarios” –equilibrio de los heraclitianos antagonismos que permiten especialmente pensar la “eterna dialéctica de lo uno y de lo múltiple, de lo universal y de lo particular” sin la cual es imposible conciliar armoniosamente el individuo y la comunidad.
El populismo podría, por tanto, testimoniar el regreso a la superficie de un viejo fondo antropológico pagano que ha permanecido vivo en el seno del pueblo pese al triunfo del cristianismo, la modernidad y los derechos humanos. Encontramos, en efecto, en el populismo, bajo la pluma de Alain de Benoist, buen número de facetas prestadas del paganismo, comenzando por el sentido del límite y del honor (la desmesura era la fuente principal de indignidad entre los antiguos griegos), el no-dualismo y el equilibrio de los antagonismos (que permite, en particular, superar las individualidades en la comunidad sin por ello renegar de las identidades particulares), o incluso la relatividad de los valores que surgen del pueblo a lo largo de la historia (es decir, el reconocimiento del pueblo y de sus tradiciones como fundamentos de la moral y de la política, en cada momento). Habría, por tanto, una dimensión universal e intemporal en esta aspiración popular a la dignidad y a la autonomía –aspiración que ciertamente puede criticarse o lamentarse por las formas políticas en las que hoy se manifiesta, a falta de otros medios, pero de la que no puede negarse la legitimidad y la necesidad en un mundo moderno que está condenado a su perdición.
El populismo, porque escapa a todos los análisis binarios y dualistas, permanece ampliamente incomprendido por la élite dirigente y mediática actual. Aspira, en efecto y al mismo tiempo, a menos democracia representativa y menos política liberal, y a más democracia y más política en el sentido antiguo de participación en la adopción de las decisiones colectivas, a una forma de progreso social que renuncia a las aspiraciones emancipatorias de la modernidad, conjuntamente con un conservatismo societal alineado con la preservación de los “fundamentos antropológicos” comunes que constituyen su base indispensable. El populismo es de naturaleza política, cultural, económica, antropológica y ecológica. Es un movimiento de fondo que reclama un nuevo Ágora donde tomar la palabra.


Autores: Alain de Benoist, Marco Tarchi, José Javier Esparza, Luis María Bandieri, Olivier Marchand, Paul Masquelier, Thibault Isabel, Jesús Sebastián Lorente, Louis Dupuin, Michel Lhomme y Vincent Coussedière.
Editorial: Fides, Tarragona, 2017.


En el nombre del pueblo. La hora del populismo


Biblioteca Metapolitika, Nº 18
1ª edición, Tarragona, 2017
21×15 cm, 235 páginas
Cubierta a todo color, con solapas y plastificada brillo. Rústica cosido.

 

PVP: 20 euros

Orientaciones:
«Origen popular, defensa de derechos concretos de los desfavorecidos.
Simultáneamente, oposición al concepto de lucha de clases, oposición también al poder
oligárquico, sea político o económico, con especial hostilidad hacia el mundo de la gran
banca y la gran industria. Desconfianza hacia las intromisiones del Estado en la vida
económica privada pero, al mismo tiempo, tendencia a desarrollar formas de dirigismo
estatal en grandes sectores de producción. Desprecio patente hacia los rituales de
negociación y transacción de la vida parlamentaria liberal. Estos son algunos de los
rasgos característicos de los populismos».
José Javier Esparza
Índice:
La causa del pueblo, de Alain de Benoist / 9
El populismo y la ciencia política, de Marco Tarchi / 21
El populismo como concepto, de Guy Hermet / 49 
La herejía populista, de José Javier Esparza / 71
¿Dónde está el pueblo?, de Luis María Bandieri / 89 
Por una verdadera alternativa popular, de Paul Masquelier / 105
El momento populista, de Alain de Benoist / 125
Pensar el populismo, de Pierre Ronsanvallon / 153
La síntesis populista, de Thibault Isabel / 163
Elogio del populismo, de Vincent Coussedière / 173
Democracia y demagogia, populismo y republicanismo, de Michel Lhomme / 185
El pueblo del populismo, de Olivier Marchand / 199
Defensa de los populismos, de Louis Dupuin / 21
La transversalidad antimoderna y antiliberal del populismo, de Jesús Sebastián Lorente / 223
Pedidos:
edicionesfides@yahoo.es






La causa del pueblo, en la era liberal de las masas

LA CAUSA DEL PUEBLOLa causa del pueblo, en la era liberal de las masas, Thibault Isabel.
Biblioteca Metapolitika, Nº 9
1ª edición, Tarragona, 2016
21×15 cms., 230 págs.
Cubierta a todo color, con solapas y plastificada brillo. Rústica cosido

PVP: 20 euros

Orientaciones:
Las civilizaciones antiguas no tenían miedo de la violencia, si entendemos por ello la expresión de nuestros impulsos violentos de una manera espiritual y controlada. En la época moderna, sin embargo, la civilización trata simplemente de erradicar toda violencia a través del reforzamiento de una moral rígida y del totalitarismo del pensamiento: es por eso que vivimos en una sociedad cada vez más aséptica, condenada al conformismo, al higienismo y a la hipocresía. Hemos perdido toda franqueza en las relaciones humanas; ya no tenemos el gusto por la lucha y la camaradería, del combate por nuestras convicciones, del idealismo político, en suma; estamos resignados.
Thibault Isabel



Índice
Presentación
Thibault Isabel: un “anarco-conservador, Jesús Sebastian Lorente / 9
Primera parte
El individuo en la era liberal de las masas
El malestar contemporáneo / 17
Autoridad, educación y autonomía / 45
La necesidad de amar y odiar / 65
¿podemos vivir sin marcas? / 83
Segunda parte
Progresismo y catastrofismo
La idea del progreso. Un rápido panorama histórico / 97
Una tipología de las críticas del progreso / 121
Un populismo contra el progreso / 125
Tercera parte
Perspectivas políticas
Por una alternativa popular / 157
Revuelta de masas y revuelta de élites / 183
Los hombres y la ciudad: una aproximación psicológica / 193

Pedidos:
 edicionesfides@yahoo.es

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